Categoría | General

QUE FACIL ES CRITICAR

Un amigo me envía esta máxima, aforismo o sentencia doctrinal de las que tanto circulan por la red global a la velocidad de la luz:  “La única diferencia entre un político y un ladrón es que al primero lo elijo yo y el segundo me elige a mi”.

Contra la clase política, se alza últimamente una ola de denuncias, invectivas y denuestos como jamás se había visto.

Leí hace años la frase lapidaria grabada en un periódico por cierto reputado intelectual: a la política se dedica el que no vale para otra cosa. Siempre la he tenido presente.

El desprestigio generalizado, también global, que va tiznando sin diferenciar a todo el que trabaja en lo que ya se define como la más confortable, irresponsable y rentable de todas las profesiones, tiene un efecto devastador: el desapego, el rechazo a la política, la huída de personas que, capacitadas y dispuestas a ejercer esta tarea, renuncian por no verse enfangadas en tal pozo de descrédito y sospecha. Ello  favorece la aparición una minoría de especuladores, sinvergüenzas y aprovechados que como en otras profesiones no tienen medida a la hora de acrecentar su ego personal.

Alimentando este diabólico bucle, todo irá a peor. Una buena noticia, no es noticia, dice una máxima del periodismo. Por desgracia, en el seguimiento a los políticos, se está aplicando a rajatabla. Y así nos va.

Lo que no se mide, no mejora. El examen permanente y la crítica a la actividad de los políticos resulta imprescindible para la salud de la democracia. Sí. Pero urge revisar nuestra idea de la crítica, del análisis y juicio acerca de alguien o algo, para que tenga un efecto de mejora y no todo lo contrario. Que las buenas noticias sean también noticia.

Me duele especialmente que la denigración generalizada, indiscriminada, poco reflexiva, alcance los políticos del mundo rural, a los pedáneos de nuestros pueblos, a los alcaldes y concejales de pequeños municipios cuya labor cotidiana incluye ejercer de fontanero, pastor, psicólogo y un sinfín de actividades sin reconocimiento alguno.  Estoy seguro, además, de que una mayoría de ciudadanos ignora la penuria económica en la que se desenvuelven los ayuntamientos, la sensación de orfandad que a menudo padecen con respecto a instancias superiores de la administración pública y el desempeño admirable que llevan a cabo sus gestores para que los servicios, aunque a trancas y barrancas, se mantengan y aún mejoren.

Escribir un comentario